domingo 31 de mayo de 2009

LOS COMIENZOS DEL SIGLO XX

atentado anarquista

El comienzo del siglo XX vino marcado por una mayor acción del anarquismo encaminada al derrocamiento no sólo del capitalismo, sino del mismo Estado. Los anarquistas insistían en la necesidad de finalizar con el sistema capitalista, pero sin plantear las demandas que hicieran posible la elevación del nivel vida de la clase trabajadora.

En su acción de lucha, el recurso a las acciones terroristas era muy frecuente, especialmente contra las instituciones del Estado y el poder económico. El liberal Canalejas, como Presidente de Gobierno, fue asesinado por un anarquista, al igual que lo había sido Cánovas del Castillo, conservador,  finalizando el siglo anterior por su firme decisión de mantener la provincia cubana  enfrentado a los independentistas de la isla caribeña. En ese ambiente hay que enmarcar los trágicos acontecimientos que se sucedieron en toda España, especialmente en Barcelona, con su “Semana Trágica” del mes de Julio de 1909 en los días comprendidos entre el 26 y el 31, en los que se llegó a un alto grado de violencia.

Debido a la pérdida de las últimas colonias americanas a finales del pasado siglo, España había centrado sus intereses económicos en el norte de África, iniciando una línea de ferrocarril desde Melilla hacia la zona minera. En esta tarea se produjo un enfrentamiento con los nativos, lo que iba a significar años después, a partir de 1911, el comienzo de la Guerra con Marruecos, la conocida como “guerra del Rif” y que durante muchos años supondría una gran pérdida de vidas humanas para las familias españolas.

Ésta agresión fue llevada a cabo en el mes de Julio de 1909 en el “barranco del lobo”, próximo a Melilla, lo que hizo necesario el envío de tropas españolas a la zona africana con el resultado de una gran derrota para el ejército español en cuyas guarniciones se había proclamado el estado de guerra. Las “clases pudientes” mediante el pago de un canon, evitaban que sus hijos fuesen alistados, motivando por ello una fuerte protesta en las organizaciones sindicales y la declaración de una huelga general.

En Barcelona su “semana trágica” alcanzó tal virulencia, que transformó la protesta inicial en un ataque a la Iglesia mediante el incendio y saqueo de sus Parroquias y Conventos.

Las consecuencias de la tragedia fueron demoledoras: casi ochenta muertos, quinientos heridos, más de cien edificios incendiados, la mayoría de ellos religiosos y más de dos mil detenciones con penas de destierro y de cadena perpetua. En medio de una fuerte represión se ajusticiaron a cinco personas consideradas como los responsables de aquella “Semana Trágica”.

Los sucesos fueron sofocados por tropas que llegaron de otras ciudades; Valencia, Burgos, Zaragoza y Pamplona, principalmente. Como consecuencia de los disturbios el Rey cesó a Maura, Presidente de Gobierno, sustituyéndole el liberal Segismundo Moret.

LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA (1923/30)

Durante el periodo de 1918 a 1923 se sucedieron en España veinte crisis totales y otras tantas parciales, es decir, cada dos meses hubo un cambio de Gobierno en medio de una gran tensión social, destacando los asesinatos de Eduardo Dato (1921), político conservador y Presidente de Gobierno, y el del Arzobispo de Zaragoza Juan Soldevila en 1923, victimas ambos de acciones anarquistas. El terrorismo, que había alcanzado una gran repercusión, produjo constantes enfrentamientos agravados aún más porque la patronal, y en su defensa, instituyó el somaten de Cataluña.

No obstante, fue el desastre de Annual de 1921 el principal acontecimiento que desencadenó la Dictadura de Primo de Rivera. En Annual murieron entre 12.000 y 14.000 soldados, todos ellos de quintas. Soldados provenientes de familias de baja extracción social, todas vez que con el pago de una tasa se podía evitar la llamada a quinta en las familias de mayor poder adquisitivo, tal y como ya había ocurrido con anterioridad.

El desastre de Annual, que salpicó al Rey, sucedió cuando el general Manuel Fernández Silvestre mandaba las tropas en la guerra de África y aunque no tuvo órdenes directas del Rey, sí recibía su aliento en sus acciones bélicas. Aquel acontecimiento supuso el descrédito total del sistema político español.

Consumado el desastre y en medio de una gran tensión social, se proclamó la Dictadura que el Rey se vio obligado a aceptar.El general Primo de Rivera que mandaba en la Capitanía General de Cataluña, se colocó al frente del Gobierno de España.

La prensa española, en general, no criticó la llegada al poder de Primo de Rivera, a excepción de la anarquista. El periódico “El Socialista” la acogió con naturalidad, y el sindicato de la UGT se convirtió en aliado de Primo de Rivera con quien colaboró fielmente su líder Largo Caballero. Llegada la II República, el líder ugetista fue acusado de su colaboración con Primo de Rivera, lo que le llevó a la necesidad de radicalizarse en todas sus acciones, como se viera años más tarde.

Implantada la Dictadura, despareció de España la violencia en las calles así como el terrorismo, que cesó en su actividad. Debido a las medidas de tipo laboral y económico que se llevaron a cabo, España se puso en muy pocos años al nivel económico de Italia.

Primo de Rivera, viudo y juerguista, tenía un aspecto muy jovial y divertido. Gozó de las simpatías populares, especialmente por su política de obras públicas que supondría un gran número de jornales para la población española, en sus primeros años de mandato, conocidos como los de su fase ascendente de 1923 a 1928.

En sus primeros años de gobierno destacó el éxito inmediato en el mantenimiento del orden público; al igual que el desembarco de Alhucemas que supuso el final de la guerra de África, hecho que causó una gran alegría, especialmente, en las madres españolas.

Su programa fue reformador, inspirado en Maura y Costa. Del primero se adoptaron las ideas para la reforma administrativa y del segundo, la del regadío. Joaquín Costa destacó especialmente por su política hidráulica, idea que perduró también en los Gobiernos de Franco. Se crearon las Confederaciones Hidrográficas que han llegado hasta nuestros días.

La creación de infraestructuras, obras y banca pública, monopolios (especialmente CAMPSA) supusieron para España un gran avance en todos los campos sociales y económicos. Se creó el Banco Hipotecario, lo que explica que sea España la nación con un mayor número de propietarios en Europa de su domicilio familiar. La creación de CAMPSA supuso un fuerte enfrentamiento con la multinacional TEXACO, que se vio privada de sus negocios en España.

El mandato de Primo de Rivera se caracteriza por su directorio militar de 1923 a 1926 y el civil de 1926 a 1930.

Dada la situación de bonanza y resueltos los grandes problemas, los políticos españoles deseaban la vuelta al sistema de partidos políticos. Se acordó un “Pacto Institucional” y se firmó una especie de Constitución.

Primo de Rivera en un viaje a Italia vio que las cosas funcionaban razonablemente bien bajo el régimen implantado por Mussolini y trató de imitar el sistema del fascismo italiano creando la Unión Patriótica. Partido en el que su afiliación fue inapreciable, significándole un gran fracaso. Al igual que la supresión de la mancomunidad de Cataluña que le supuso un paso atrás en su política interior, iniciándose un fase descendente ya hasta el final de su mandato.

Las generaciones del 98, del 14 especialmente y la del 27 se opusieron a Primo de Rivera. Como anécdota de su carácter, cuando recibía el General una fuerte crítica en algún medio de comunicación, como ocurría frecuentemente con Unamuno, el dictador se presentaba en su tertulia y discutía con él el aspecto de su crítica. Esta forma peculiar de defenderse, pone de manifiesto el carácter campechano del General, así como indica que su actuación no era la propia de un fascista, tal y como se le acusaba en la última parte del periodo de su mandato.

Tuvo problemas con los altos financieros y las multinacionales por la creación de la banca pública. Perdió la confianza del Rey, porque las reformas constitucionales suponían para el monarca perder sus prerrogativas, y Alfonso XIII pidió la dimisión de Primo de Rivera.

Ante esta situación Primo de Rivera llegó a decir que “a él no le borboneaba nadie”, dirigiéndose a todos los Capitanes Generales de forma personal con la pregunta de si tendría su apoyo en el supuesto de no hacer caso a la petición del Monarca.

Ante la negativa de todos fue cuando presentó su dimisión al Rey, quien nombró como Jefe de Gobierno a Dámaso Berenguer (1930/31) con el encargo de una reforma constitucional, iniciándose un corto periodo conocido como el de “la Dictablanda”.

La Dictadura del General Primo de Rivera representó un periodo de paz y mejora económica, así como de nuevos servicios públicos en beneficio de la población. Dejó sin oficio a los políticos, quienes conspiraron contra él. Pese a ello, fue un periodo de grandes consensos y de pocas polémicas. La percepción que se tiene en la actualidad es que fueron unos años de grato recuerdo pese a la interrupción de la vía constitucional iniciada con la restauración borbónica, debido, especialmente, a la desaparición de la violencia callejera y al final de la guerra africana.

PACTO DE SAN SEBASTIAN

En Agosto de 1930 la oposición a la Monarquía se reunió en San Sebastián a instancias de Niceto Alcalá-Zamora, católico y líder de la Derecha Liberal Republicana, a donde acudieron representantes de todos los partidos republicanos españoles. El objetivo de la reunión era crear un Comité revolucionario que en colaboración con un grupo del ejército provocara un pronunciamiento militar que trajera la II República a España.

Alcalá-Zamora se convirtió en el líder del Comité, quien un año después fue proclamado como Presidente de la República. Al acto asistieron a título personal Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos y Eduardo Ortega y Gasset, el hermano del filósofo. Gregorio Marañón no pudo asistir, pero se adhirió al pacto. Acordaron el “pronunciamiento” para finales del año en curso. Sin embargo, el capitán Fermín Galán adelantó la fecha y el intento terminó en un fracaso y su fusilamiento, junto al también capitán García Hernández autores ambos de lo que pasó a llamarse la “Sublevación de Jaca”.

miércoles 18 de marzo de 2009

EL ROMANTICISMO Y EL SIGLO XIX

El romanticismo es un movimiento cultural propio de este siglo, nacido en gran parte de los propios afrancesados como respuesta al racionalismo y las luces de la Ilustración, rebelándose ante lo clásico, manifestando una mayor emotividad en la forma de concebir la vida en su relación con la naturaleza y con el hombre mismo, en un ambiente no falto de dudas y tinieblas, desarrollándose en España a partir de la mitad del siglo, una vez fueron superadas las barreras absolutistas de Fernando VII.

Primero Cadalso, luego Blanco White y más tarde Espronceda, Mariano José Larra, José Zorrilla, Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas, Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro fueron sus mayores representantes. El romanticismo despreciaba al materialismo, en beneficio del liberalismo político y la caída de Napoleón produjo en las jóvenes generaciones nuevos ideales y el inicio de actitudes revolucionarias y anarquistas de finales de siglo.

Tras el motín de Aranjuez el rey Carlos IV abdicó en su hijo Fernando VII, y rápidamente, Napoleón, en hábil estratagema, consiguió que, una vez reunida toda la familia real en Bayona, renunciara ésta al trono entregándoselo en bandeja al Emperador, quien proclamó a su hermano José I como nuevo Rey de España. Fue en aquel año y tras estos mismos sucesos, el del inicio de la llamada “guerra de la independencia”. El comienzo también de que quien fuera el representante del absolutismo propio del Antiguo Régimen, Fernando VII, empezara a ser conocido por el pueblo como el “rey deseado”, esperanzado en su vuelta. Y mientras tanto, el que un rey, José I, en quien la intelectualidad española, los afrancesados, veían en él la posibilidad de progreso hacia el liberalismo, así como la posibilidad del rechazo a la incultura que asolaba España, pasara, sin embargo, a ser conocido por el mismo pueblo como Pepe Botella, cuando en realidad era abstemio y enfrentado a su hermano Napoleón, inconforme con sus consignas sobre el pueblo español.

Ambos, Fernando VII y José I, representaron dos vidas cruzadas en las que el orgullo de ser español arraigado en las clases populares, agraviado aún más por la nula sensibilidad de Napoleón considerado como el invasor de la soberanía española, impidieron el abrir los ojos al pueblo español hacía la realidad que subyacía en el interior de ambos monarcas.

La mal llamada guerra de la Independencia, fue en realidad la suma de dos sucesos que coincidieron al mismo tiempo: la guerra del pueblo, no solo frente al invasor, sino también contra quienes ocupaban las instituciones subordinados a Napoleón, y lo que entonces se conocía como revolución contra el antiguo régimen y que sus partidarios veían como posible de la mano de José Bonaparte.

El mejor de los frutos, nació de las Cortes de Cádiz, donde los absolutistas partidarios de Fernando VII, los reformistas ilustrados y los liberales partidarios de los principios inspirados en la Revolución francesa fraguaron la España Constitucional con el triunfo de los últimos, aunque fuera por muy poco tiempo. Terminada la Guerra, el regresó de Fernando VII al trono, significó la derogación de la joven Carta Magna y la vuelta al absolutismo, llevado a cabo con el Manifiesto de los Persas presentado en Valencia.

Durante el siglo XIX fueron diversos los pronunciamientos militares llevados a cabo, periodo en el que el predominio de los generales sobre los políticos fue una constante. Hasta la llegada de la Restauración, en la que se impuso el bipartidismo de Cánovas y Sagasta.

El siglo XIX representó para España, desde su inicio y hasta su final, una sucesión de hechos que frenaron su desarrollo. Sus continuas guerras y las pérdidas de ultramar, supusieron una sangría para su economía y como consecuencia, su empobrecimiento, consecuencia lógica por la sucesión de hechos singulares que se produjeron a lo largo de un siglo inminentemente convulso.


viernes 19 de diciembre de 2008

LA ILUSTRACIÓN

El Siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces, corresponde al de “la ilustración”: un movimiento europeo de renovación cultural en el que Montesquieu, Diderot, Voltaire y Roseau fueron los más importantes ilustrados. En España destacaron Jovellanos, Feijoo y Mayans. El principio fundamental de los ilustrados estaba en el individuo, en la razón, y en base a ello proponían la centralización. La centralización es la civilización, decían.

Sin embargo, a finales de siglo, y pese al esfuerzo del Carlos III por culturizar a la sociedad española con importantes aportaciones reformadoras, los resultados logrados no fueron los que se esperaban. Hay que tener en cuenta que el analfabetismo alcanzaba al ochenta y cinco por ciento de la población, lo que hacía más acuciante la creación de centros docentes, pero al mismo tiempo, el llegar a la meta deseada encerraba una mayor dificultad.
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No sólo en España, sino también en Francia, salvado su refinamiento, “la ilustración” se convirtió en lo que ha sido reconocido como el “despotismo ilustrado”, es decir: todo para el pueblo pero sin el pueblo.

Y precisamente “los ilustrados”, los que queriendo educar a las masas conforme a lo que ellos entendían como los mejores hábitos y creencias, fueron los primeros en criticar a nuestros clásicos del Siglo de Oro, que veían a sus obras literarias como hechos negativos, el haber transmitido al pueblo tanto ideas picarescas y de jolgorio, como el intento de redundar en las críticas satíricas contra la monarquía, a la que trataron de desprestigiar.
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Fue así, cómo “la ilustración” se convirtió en una dictadura del pensamiento con el único fin de educar a las masas, diciéndolas qué y cómo tenían que pensar. Pertenecieron los ilustrados al “grupo de los golillas”, los representantes de las clases medias cultas incorporados en torno a Carlos III y sus ideas reformadoras, siempre cercanos al poder.

La centralización se impuso en toda Europa. El Archiduque Carlos, que abandonó sus interés por la corona española para convertirse Emperador del Sacro Imperio Románico Germánico, impuso en éste la centralización, pese a sus promesas autonomistas pregonadas en España.

viernes 27 de junio de 2008

LOS ALMOGÁVARES

El origen de los soldados almogávares es incierto: la milicia legendaria que tantos días de gloria diera a la Corona de Aragón. Nacidos para guerrear, se enfrentaron a las tropas moriscas no solo en tierras españolas, sino también en las griegas defendiendo a los bizantinos de la amenaza turca.

Se habla de su presencia a comienzos del siglo IX en el sitio de Barcelona, cuando Ludovico Pío recuperó la ciudad para el reino franco en la franja pirenaica conocida como la Marca Hispánica
, bajo dominio entonces de los reyes carolingios a los que los condes de Barcelona rindieron vasallaje. Sin embargo, otros, sitúan a los almogávares en los comienzos del siglo XIII, según cuenta el catalán Ramón Muntaner en sus famosas Crónicas. Y no solo como narrador directo de tan bravas batallas a las ordenes de Roger de Flor en la ciudad de Constantinopla para defenderla de los turcos, sino como partícipe directo y bravo guerrero de tan épicas gestas.

El nombre de almogávar, árabe, viene de una milicia (los almogárabes), algo salvajes ellos, quienes a las órdenes del caudillo Bahlul peleaban a favor de los cristianos en los años 801 y siguientes. Ramón Berenguer, al sitiar Lérida en el siglo XII en poder de los árabes, lo hizo ayudado por los almogárabes.

Componían sus tropas guerreros montañeses de Cataluña, Navarra y Aragón, a las que sus campañas por el Peloponeso se les sumarían soldados valencianos y mallorquines.

Gente pobre, valiente, robusta y acostumbrada a las privaciones, hacían del combate su única forma de vida, y utilizaban las pieles de animales como vestidos, protegían sus pies con abarcas de cuero y su yelmo era una red de hierro que les llegaba a la espalda. Y sus armas de ataque, junto el ¡Aur!, y el ¡desperta ferro!, las completaban mediante la espada y el venablo. Y como testigos de sus hazañas y afrentas, les acompañaban siempre sus esposas y sus hijos.

Los almogávares, auténticos monstruos de la valentía, lucharon en la guerra de Sicilia a favor de Jaime II, el rey Justo de la Corona de Aragón, que proclamado Rey de Sicilia los dirigió hacia el Oriente en defensa de los griegos bajo el mando de Roger de Flor, un bravo guerrero deseoso de aventuras de origen italiano, atendiendo a la petición del emperador bizantino Andrónico.

Por las tierras de Asia Menor, la actual Turquía, lograron grandes victorias, las que les permitieron alcanzar el poder en diversas ciudades, de cuyo mando se apropiaron frenando el avance del islam. De sus constantes triunfos, destacó el logrado con pocos más de 6.000 bravos soldados que se enfrentaron a un ejército de 30.000 turcos. En homenaje a su victoria, los almogávares desfilaron ante el Emperador por las calles de Constantinopla, siendo recibidos con todos los honores. Andrónico concedió a Roger de Flor diversos títulos, entre ellos el de Cesar, y le ofreció la mano de la hija del rey de Bulgaria, que también era su sobrina.

Sin embargo, Roger de Flor fue asesinado por los mismos bizantinos por la ambición y ansias de poder que en él se anidaban, siendo el hijo del Emperador el que indujo a la muerte del bravo jefe.
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Intentaron también acabar con las tropas almogávares, mas no lo consiguieron. Era tal la bravura de estos, aumentada aún más por el asesinato de su jefe en cobarde estratagema, que no sólo no lo lograron, sino que se vieron atacados al grito de ¡desperta ferro! al mando de Berenguer de Enteza y amenazados en sus propias tierras tracias y macedónicas en medio de una gran devastación, adueñándose los almogávares del Ducado de Atenas y de otros estados griegos en nombre de la Corona de Aragón.

Fue la conocida como la “Venganza Catalana” en cuyo nombre ha pasado a la historia la respuesta a la muerte del jefe de aquellos bravos y legendarios guerreros, que tantos lauros conquistaron alcanzando gran fama por su arrojo y por su valentía en el combate.

miércoles 7 de mayo de 2008

LA BATALLA DE CLAVIJO


"O el tributo de las Cien Doncellas"
La historia de los pueblos se fue generando a través de hechos legendarios que tuvieron como protagonistas las heroicidades de sus hijos. En ocasiones, fue necesario el recurso a la leyenda o patraña ante la necesidad de enaltecer el espíritu guerrero de los participes, llamados como estaban, al logro de las grandes gestas.

Dice la leyenda que fue Mauregato, rey de Asturias entre los años 783-789, quien compró el auxilio de Abderramán. Quién sabe si fue debido a su condición de hijo de mujer mora. Y lo hizo, a cambio de entregarle una vez al año, por parias, cien doncellas: cincuenta nobles y otras tantas que no lo eran: hijas del pueblo. Esta falsa fábula, la de las cien doncellas, ha dado argumentos al romancero español en diversas ocasiones recreándonos con bellos poemas.

Fue en La Rioja donde Ramiro I (791-850), Rey de Asturias, se opuso al pago del tributo que le exigía Abderramán de Córdoba y por ello libró una cruel batalla cerca de Clavijo. Sufrieron una sangrienta derrota y en el insomnio de aquella noche, entre agobios y pesares, nos cuenta la leyenda que se le apareció el apóstol Santiago animándole a que al amanecer volviera a la lucha, y que él mismo participaría, ayudándoles, en la contienda contra los sarracenos.

Hizo caso al Apóstol y tornó a la batalla al día siguiente. Fue entonces cuando en medio de aquel clamor apareció un jinete vestido de blanco y sobre blanco caballo. Blandía una espada de plata y exterminó el solo a la mayoría de los moros quienes emprendieron la huida hacia Calahorra, incapaces de hacer frente al desconocido guerrero.

Todos le aclamaron como el Apóstol Santiago, y así nació la leyenda. El grito de ¡Santiago! ¡Santiago cierra España! fue el gran impulso que motivó hacia la victoria final a los cristianos de todos los rincones de España. El Apóstol predicador se había convertido también en Santiago Matamoros desde aquel imaginario instante. El Apóstol, a caballo desde Clavijo fue el que facilitó la conciencia de llegar hasta Granada. La gloria de este desenlace se atribuyó a medias a Ramiro I y al Apóstol.

Años más tarde, emulando el recuerdo de Clavijo, se consiguió la importante victoria de la batalla de Albelda sobre los mahometanos. En esta ocasión fue de probada existencia y también se llamó de Clavijo. El vencedor fue Ordoño I, hijo de Ramiro I, en el año del señor 860. Esta victoria trajo consigo el fortalecimiento de las zonas de Álava y Castilla para la cristiandad.

La “batalla de Clavijo” supuso el fin del tributo de las cien doncellas, pero en su reemplazo se fundó el privilegio de don Ramiro, el “Voto de Santiago”, por el que desde entonces, todos los años, se entregaba a la iglesia de Santiago ciertas medidas de los frutos de la tierra, así como una parte del botín conseguido a los moros en todas las expediciones.

Felipe IV en 1643 modificó la ofrenda, y en su nombre, el gobernador de La Coruña debía de entregar mil escudos de oro al Santo Apóstol el día de su festividad.

De este privilegio no existía documento alguno que atestiguara su veracidad y por tal motivo, en las Cortes de Cadiz de 1812, se abolió el tributo público del “Voto de Santiago”.

No obstante, años más tarde, se restituyó la costumbre, y su importe tuvo consignación especial en el presupuesto de Gracia y Justicia durante la Restauración borbónica hasta la instauración de la II República Española.

Las falsas leyendas son hábitos comunes en la historia de todos los pueblos, pero no hubiesen sido posibles de no existir sentimientos de ilusión y de noble creencia enquistados en sus paisanos. Esto nada tiene que ver con las mentiras, engaños y odios que otros procuran en su beneficio personal para el enfrentamiento entre la gente, a la que en vez de conducirla hacia la hermandad, la arrastran a su fracaso.

domingo 27 de abril de 2008

FELIPE II


Fue con Felipe II, debido sobre todo a que decidiese llevar desde su patria la política de todos sus territorios, cuando ya se puede hablar sin duda alguna del Reino de España. En 1561 estableció la corte en Madrid. Hombre culto, prudente y de firmes convicciones religiosas, Felipe II culminó con gran éxito la política organizativa de su padre, dando gran poder a los Concejos, cuyas actuaciones fueron de gran ayuda para el Monarca.

Para conmemorar su triunfo contra los franceses en la batalla de San Quintín, mandó construir el monasterio del Escorial y lo convirtió en su “casa centro de dirección del mundo”. Dedicó muchas horas del día a su trabajó y estableció las bases de un posterior Estado moderno.

Consiguió la corona de Portugal con sus colonias africanas y orientales. Legazpi conquistó Filipinas y otros islotes de Oceanía, extendiendo su dominio hacia todos los meridianos. “En su imperio no se ponía el sol” era la frase que mejor reflejaba la grandeza del imperio español. Se puso del lado de la Contrarreforma impidiendo los movimientos protestantes en sus territorios, sin embargo, exigió al clero la impronta de una vida ejemplar, dotándoles de los medios adecuados para que resultara más fructífera su divina misión.

En alianza con el Papa, Génova y Venecia venció a los turcos en Lepanto (1571), batalla naval al mando del hermanastro del rey, Juan de Austria, y de esta forma el peligro otomano despareció para siempre en el continente europeo. Su mayor fracaso vino con la derrota de la Armada Invencible (1588) en su deseo de invadir Inglaterra, decisión a la que se resistía por su condición de prudente. La actuación de los corsarios, que por encargo de la reina Isabel abordaban los barcos españoles cargados de plata y oro, fue una de las razones de atacar a Inglaterra, y la ejecución de María Estuardo significó la espita que decidió la invasión, la que se produjo en 1588 y que representó un gran fracasó para la corona española.

Felipe II, tuvo su episodio negro con el asesinato de Escobedo, secretario de Juan de Austria al que se acusaba de conspirar contra el rey a favor del hermanastro. Antonio Pérez, secretario del Rey, la princesa de Éboli y el propio monarca, fueron involucrados en aquel asesinato.

La abundancia del campesinado cada vez mas pobre, la ausencia de industria, la nobleza rentista, el abundante clero y el regreso por reemplazo de los soldados de las tierras flamencas, contribuyeron a una España de manos muertas y sin recursos, desembocada hacía una sociedad nada productiva. El oro de las Indias se iba rápidamente hacia Europa debido el enorme gasto que suponía atender los dominios europeos. Todo aquello representó el inicio del empobrecimiento de España y que terminó en un decadente siglo XVII.

Sin embargo, entre aquella decadencia, floreció un impresionante Siglo de Oro tanto en el campo de la literatura como en el de la pintura, cuyos frutos han quedado imperecederos en beneficio de la humanidad. Los nombres de Garcilaso, Lope de Vega, Cervantes, Quevedo, Calderón, Góngora, y tantos otros, asombraría después a la Europa ilustrada. Sus obras entretenían al pueblo español, y a tan inconmensurables literatos se les unían pintores de lienzos como Velázquez, Murillo, Ribera, El Greco, Alonso Cano; pensadores como Mariana y Vitoria; músicos como Francisco Salinas, Cristóbal de Morales o Tomas Luis de Victoria. Se puede afirmar, con bajo grado de error, que la coincidencia de todos estos grandes monstruos de las artes con el reinado de los Austrias supuso la existencia de una capacidad creativa jamás alcanzada hasta nuestros días.

Todo aquello concurrió en los tiempos del gran Imperio Español: los que inspiraran a sus genios tanto a su exaltación, como al anuncio de su decadencia.

lunes 17 de marzo de 2008

AUSTRIAS MAYORES - CARLOS I

Carlos I (1516-56) fue un rey extranjero que no hablaba castellano. A su espíritu católico, se le unía su afán europeo de convertirse en auténtico Emperador y fueron varias las políticas emprendidas en este empeño. Por otra parte, sus grandes enemigos y que ponían en peligro su hegemonía en el mundo, fueron los franceses celosos de la fuerza de la Corona española, los protestantes que hacían peligrar la doctrina católica y los turcos, que ya habían llegado a Viena amenazando Europa deseando hacerse dueños del Mediterráneo.

Tuvo que dedicar su atención al Sacro Imperio Romano Germánico, gastándose gran parte del oro de las Indias con este fin. Fue proclamado Emperador, y abandonó España, cuya regencia encomendó a Adriano de Utrecht que más tarde sería el Papa Adriano VI. Durante el gobierno de éste se produjeron las revueltas de los Comuneros de Castilla en contra del pago de impuestos y los consejeros extranjeros del Rey, y la guerra de Germanía en Valencia, ésta de carácter social. En este periodo de su ausencia hubo un gran descontento general contra la política de Carlos I y sus consejeros, a los que los castellanos no querían prefiriendo que fuesen gente de Castilla.

Meditó sobre el lugar centro de su imperio, y optó por España. Con ello se hizo más español, instando a todos a unirse al gran proyecto europeo y sobre todo a centrarse en el gran mercado americano. Para una mayor eficacia en la forma de gobierno implantó los Consejos, en cuya elaboración contó con la eficacia de su administrador Francisco de los Cobos. Aquellos Consejos fueron los precursores de las actuales Administraciones o Ministerios. Fueron españoles los que hicieron la primera vuelta al mundo, lo que da idea de la preponderancia alcanzada durante su reinado.

Para asegurarse como gran potencia, intentó que su hijo fuese sucesor al trono de Alemania, pero esta idea no prosperó. Intentó unir la corona española a la inglesa con la boda de su hijo Felipe con María Tudor, hija de Enrique VIII, pero la pronta muerte de la sucesora al trono y sin descendencia, hizo imposible el gran proyecto que hubiese cambiado la historia del mundo.

Francia que era el estado europeo más poblado, intentó frenar el poderío español con sucesivas guerras entre si; hasta cinco. Con el continuo gasto de éstas, las arcas de los Austrias se vaciaban, creando las condiciones para que el Siglo XVII fuera el de la decadencia y de una pobreza de la que emergió la picaresca. Las luchas contra los turcos y su atención a las revueltas de los Países Bajos, así como mantener su poder en el Milanesado y el saqueo a Roma, fueron sus principales atenciones militares de su política extranjera. Carlos I, que fue el único emperador americano-europeo de la historia, no supo sacar partido de su privilegiada situación, al no conseguir fortalecer la economía española que hubiese hecho perdurar aquel imperio. No obstante su sueño de crear primero un imperio hispanoalemán, y más tarde hispanoingles, se convirtió en la realidad de ser auténticamente español.

Carlos I abdicó en su hijo Felipe II (1556-98) en 1556, retirándose al Monasterio de Yuste, triste y fracasado, donde falleció dos años más tarde. La corona del Emperador pasó a su hermano Fernando I y su hijo Felipe recibió los Países Bajos, el Franco Condado de Borgoña (entre Francia y Suiza), el Milanesado, otros territorios del norte de Italia, Nápoles y Sicilia. Todo ello suponía una barrera protectora de Francia y un freno al protestantismo de Lutero y Calvino, significando también un gran baluarte para defenderse de los turcos. A todas estas posesiones había que sumar las de las Indias. Fue un auténtico imperio español.

miércoles 13 de febrero de 2008

JAIME I EL CONQUISTADOR: un nacimiento "divino"

El nacimiento del Jaime I enmarcado en el mundo oscuro de la Baja Edad Media tiene un cierto origen “divino”, como predestinado a las mejores gestas desde sus orígenes turbulentos, hasta que alcanzara a través de una carrera llena de obstáculos, de los que tanto aprendió, el sueño anhelado de crear un reino nada cortesano del que fuera auténtico Rey, lejos de los intereses partidistas de quienes a su vera, hambrientos de botines, sólo deseaban su aumentar su enriquecimiento personal.

Y fue “divino”, porque sus padres en un matrimonio de conveniencia copularon una única vez, sin que Pedro II el Católico supiera quien le acompañaba en aquel lecho de lujuria, en el que intencionadamente habían colocado a su esposa que él desconocía, apartando del tálamo a su amante para que el que naciera fuera un auténtico Rey, operación necesaria para la unificación del Reino de Aragón a los condes catalanes, siendo la nobleza los autores de aquel apareamiento “divino”

Pedro II de Aragón, el Rey Católico, que en tiempos de cruzada tenía intereses occitanos se enfrentó a Simon de Monfort, quien al mismo tiempo que se enfrentaba a la herejía albigense también deseaba frenar la expansión aragonesa. Su derrota y muerte en Muret -1213- significaron el fin de las pretensiones del aragonés a su unificación con Occitania cuyo logro, seguramente, hubiera dado un giro diferente a la Historia de España.

Jaime quedó huérfano de padres cuando tenía cinco años, heredando de su madre el Señorío de Montpellier y quedando bajo la tutela del enemigo de su padre, Simón de Monfort, sufriendo el niño un ambiente turbulento, lleno de intrigas y con amenazas de muerte. Finalmente, obligado por el Papa Inocencio III, el futuro rey aragonés fue devuelto por el noble galo al territorio que después sería su reino. Durante su infancia en el castillo de Monzón fue educado bajo la dirección del la Orden del Temple, adquiriendo la impronta de lucha contra los musulmanes que le llevaría a adquirir gran fama como conquistador, y con el intento de una cruzada a los Santos Lugares de Jerusalén, proyecto en el que sin embargo fracasó.

Coronado rey a los seis años, tuvo la regencia del conde Sancho Raimúndez. A los diez le declararon mayor de edad en Lérida y como Rey de Aragón estuvo siempre a merced de la nobleza hambrienta de riqueza. Como se demostró en su Conquista de Mallorca, realizada a base de saqueos y de crueldad con la población, contra la que se cebaron sin piedad.

Jaime I, Rey de Aragón, Rey de Valencia, Rey de Mallorca, Señor de Montpellier, Conde de Barcelona, nunca se vio como un Rey dueño de su territorio, porque siempre estuvo a merced de la nobleza que trataba de dominarle, como si se tratase de un juguete roto de muy limitado poder. Y esa fue la razón que llevó a Jaime I una vez fueran conquistadas las ciudades valencianas más importantes, unificarlas en torno a la ciudad de Valencia, que como Cap y Casal, se constituyó en el núcleo central de su proyecto político más querido, el Reino de Valencia. Del que en esta ocasión sí sería autentico Rey, sin depender de la nobleza.

Cuando se planteó en Monzón la toma de Valencia, el Rey Jaime ya había aprendido la lección y quiso que en su nuevo Reino, fuera él su único dueño sin estar sometido a nadie. Y lo consiguió. Creó fronteras con el Reino de Aragón y Condados aragoneses, en contra de los deseos de la nobleza. Instauró Cortes, otorgó Fueros y el nuevo Reino de Valencia, con su personalidad propia y diferenciada, fue creciendo bajo su reinado dotándole de los medios necesarios para convertirlo en más prospero y creando los mimbres con los que alcanzaría el Reino de Valencia su punto de esplendor en el siglo XV, habiendo sido Valencia hasta entonces la ciudad más importante cultural y económicamente de la Corona de Aragón, así como el centro decisivo de su expansión por el mediterráneo, como también el lugar de entrada del Renacimiento en España.


Jaime I prestó su ayuda a Alfonso X el Sabio, el Rey de Castilla casado con Violante, su hija, para la conquista de Murcia -1266- y a requerimiento de ésta, mostrando una clara disposición para una futura unidad peninsular. Envió al combate al infante Pedro, el que después sería su sucesor como Rey de Aragón y Rey de Valencia:

“Nos ho fem la primera cosa per Déu, la segona per salvar a Espanya”, fueron las palabras de Jaime I el Conquistador para ayudar a su yerno Alfonso, pacto al que habían llegado con anterioridad por el tratado de Almizra de 1244.

De su primer matrimonio con Leonor de Castilla, anulado por razones de consaguinidad, sólo tuvo un hijo y con su segunda esposa, Violante de Hungría, nueve, dedicados unos a sucederle en sus reinos y otros, tanto entregados a la vida religiosa como a enlaces matrimoniales con otras coronas, especialmente de Castilla.

Jaime I el Conquistador, no sólo se hizo acreedor a su apelativo por sus campañas contra el moro invasor, sino que también pudiera atribuírsele por sus conquistas amorosas que por cierto fueron muchas, especialmente después de la muerte de su esposa Violante, y que continuaron hasta el fin de sus días. De estas relaciones voluptuosas tuvo varios hijos reconocidos a los que dotó de nobleza, no descartándose la existencia de otros más, de cuya entidad no llegó a conocerse.

Como era costumbre en los monarcas europeos de aquella época medieval, Jaime I, el Conquistador, tuvo el deseo de tomar los hábitos, cosa que logró instantes antes de su muerte en Alcira (Valencia) en 1276.

Jaime I fue un hombre predestinado a su futuro. Su nacimiento “divino”, su pronta orfandad, su infancia turbulenta, su educación templaría desde muy corta edad, su enfrentamiento a la nobleza de la que llegó incluso a ser preso siendo Rey, su vida licenciosa, sus amoríos y su firme propósito de combatir al invasor tuvieron su mejor conclusión en la creación del Reino de Valencia, al que se dedicó con suma atención en una labor de muchos años, conocida gracias a los hechos narrados por él mismo en el “Llibre dels feits”, la crónica de su vida.

jueves 6 de diciembre de 2007

EL COMPROMISO DE CASPE

A la muerte de Pedro IV el Ceremonioso le sucede Martín I el Humano, quien a su fallecimiento había dejado sin rey a la Corona de Aragón al no tener heredero. Se produjo entonces un periodo de dos años en el que la búsqueda de una solución al conflicto hereditario tuvo su fruto.

Durante el interregno se reunieron las Cortes de Aragón en Calatayud y Alcañiz, con grandes disputas y enfrentamientos por parte de los seguidores de los principales candidatos al trono: el duque de Calabria y el conde de Urgel. Estos incidentes alcanzaron su mayor momento de estupor con el asesinato del Arzobispo de Zaragoza, lo que hizo que la opción de un tercer candidato desbancara a los dos desacreditados bandos. La figura de Fernando de Antequera, hijo de Juan I de Castilla, que había alcanzado fama en sus luchas contra los musulmanes, emergió con fuerza. Así como su condición de regente de Juan II, su sobrino, que le dio fama de buen gobierno, de lo que tan necesitado estaba entonces Aragón

Se escuchó el consejo del Papa Benedicto XIII, el aragonés Pedro de Luna, quien propuso que un “Consejo de Sabios” estudiara la forma de elegir la mejor opción, se recurriera a votación de forma democrática y su resultado fuese aceptado por todos.

En la concordia de Alcañiz, fue designada para tales reuniones la villa de Calpe, por su equidistancia de los tres reinos de la Corona: Aragón, Cataluña y Valencia, sin que tuvieran en cuenta para esta ocasión al Reino de Mallorca, también perteneciente a la Corona de Aragón. Allí se nominaron las nueve personas del trascendental cónclave, que eligiera al nuevo Rey de Aragón. También los condicionamientos de la votación: el elegido debía alcanzar los dos tercios y obtener al menos un voto de cada uno de los Reinos participantes.

Los tres representantes aragoneses designados fueron: Domingo Ram, obispo de Huesca; Francisco de Aranda, cartujo y el letrado Berenguer de Bardaji. Por Cataluña fueron elegidos Pedro Sarrariga, Arzobispo de Tarragona; Guillem de Vallseca, letrado y Bernardo Gualbes, Conseller de Barcelona, Por la Corona de Valencia acudieron Bonifacio Ferrer, prior general de la Cartuja; el teólogo Vicente Ferrer y el letrado Giner Rabasa quien fue sustituido por Pedro Beltrán.

D. Fernando de Antequera, Infante de Castilla; D. Alfonso, Duque de Gandia; D. Jaime, Conde de Urgel; D. Luís, Duque de Calabria y D. Fadrique, legitimados por el Papa Benedicto XIII, fueron los opositores a la sucesión.

Tras largas deliberaciones resultó vencedor Fernando de Antequera, infante de Castilla, nieto por vía materna de Pedro IV de Aragón y perteneciente a la casa de los Tratámara. La que había entrado a gobernar la Corona de Castilla en 1369 por Enrique II de las mercedes, al imponerse a su hermano Pedro I el Cruel. Para conseguir sus fines, el aspirante castellano contó con la inestimable ayuda de la Corona de Aragón que veía en los Trastámara lo mejor para sus intereses. Eran los tiempos de la guerra de “los dos pedros”: Pedro I de Castilla, el Cruel para unos y el Justiciero para otros, contra Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso.

De sus seis votos alcanzados, tres fueron aragoneses, dos valencianos y uno catalán que representaba a la burguesía catalana necesitada del comercio de la lana. El 28 de Junio de 1412 fue proclamado Rey de Aragón Fernando I de la Casa de Trastámara. Esta ejemplar decisión democrática no fue manchada, a pesar de la actitud posterior del testarudo Conde de Urgel, quien no aceptó el resultado sojuzgado por su madre. Optó por la rebelión y terminó encarcelado, siendo confiscados todos sus bienes. Fue entonces cuando el Condado de Urgel se incorporó a la Corona de Aragón.

El Compromiso de Caspe ha sido contemplado como un ejemplo de madurez de las instituciones de las tres Coronas que afrontaron la transición dinástica y que significó una solución pacifica a la situación de vacío monárquico, en la que estaba inmersa la Corona de Aragón con enfrentamientos entre partidarios de los bandos opositores. Con el Compromiso de Caspe se fortaleció la potencial política hispánica, ya fecundada siglos atrás, y que daría sus frutos durante el siglo XVI. Su proceder, debería ser tenido en cuenta en la actualidad, comprometidos nuestros gobernantes actuales en desandar lo andado para disimular vergonzosamente nuestro camino de siglos, prisioneros de la mezquindad y de la ignorancia.

viernes 5 de octubre de 2007

LA CATEDRAL DE SANTIAGO

Discurría el siglo nono y un ermitaño y santo hombre, Pelagio, caminando por Iria reconoce la luz divina que se abre paso en el tupido bosque acompañada de cánticos de ultratumba. Se lo cuenta al obispo Teodomiro, quien en procesión acude al lugar del prodigio. Encuentran un arca de mármol de apariencias romanas y creen hallar en su interior los despojos del apóstol Santiago. Alfonso II el Casto, rey de Asturias, hombre religioso y gran devoto, mandó alzar una ermita para venerar el lugar. La confirmación de la reliquia por el papa León III implica carácter notarial y la buena nueva recorre todos los confines ibéricos con glosas de divinidad.

Occidente tiene su nueva Roma, la monarquía logra aumentar su respeto, aviva el fuego de la liberación y la recuperación de los valores cristianos ante el Islam usurpador alcanza las necesarias motivaciones para la Reconquista. El poder cultural, político y militar musulmán será amenazado por la nueva savia creadora de caudillos y guerreros.

En la Iria Flavio romana predicó un discípulo de Jesús. La Virgen se apareció a Santiago sobre un pilar en Zaragoza. El Apóstol murió decapitado en Jerusalén. El traslado de sus restos al “fin de la tierra”, un misterio. Poetas y prosistas, historiadores y costumbristas, teólogos y pensadores podrán cuestionar el significado de la efeméride y la autenticidad de los huesos. Pero la leyenda es la creencia de los siglos. Y la creencia es auténtica

Pese a la extrañeza que provoca la leyenda, lo cierto es que su poder se multiplica, nace el símbolo, el estandarte contra el moro, y sobre un caballo blanco surge Matamoros.

¡Santiago y cierra España ¡ Grito de guerra y hazañas de norte a sur corren por las montañas, cruzan los ríos y empujan a los sarracenos. Nace una orden militar y el Arzobispo de Compostela la nomina de Santiago. Esta milicia y su prestigio es demandada desde Antioquia y Constantinopla. Los santiaguistas acuden a las luchas contra la Media Luna.

Gelmirez, el gran Arzobispo de Compostela, impulsor de la construcción de la gran basílica románica, consagró en 1105 nueve capillas, levantó el crucero y construyó el coro de los canónigos de aquella joya arquitectónica.

La leyenda se extendió. El “Camino francés” entraba en España por Roncesvalles y hasta Compostela se le bautizó como “Camino de Santiago”.

Ante el pórtico de la Basílica medraron comerciantes, quincalleros, buhoneros y demás menestrales, quienes se aprovechaban de los peregrinos por sus demandas: objetos de todo tipo con referencia al Apóstol, imágenes y cruces pasadas por su cuerpo, esquilas de los bueyes portadores del cadáver, conchas con poder milagrero, mapas de rutas por donde había predicado, bordones de madera del bosque donde fue encontrado y calabazas con agua de una fuente del santo lugar. Albergues, yerbas curativas, bálsamos para los pies, curas que se prestaban para confesar a los de lenguas extranjeras, ayuda de todo genero y hasta putas limpias se ofrecían. Los peregrinos (capa, sombrero de alas con la venera por emblema, bordón, calabaza y mochila) fueron sucediéndose de generación en generación durante años y siglos, con procedencia de todos los confines del mundo cristiano. Llegaban sucios y pestilentes. Tras hacer sus abluciones y como persistía el hedor al entrar en la basílica hubo de instalarse un enorme incensario, el famoso botafumeiro que sahumaba al templo repleto de fieles.

El ritual se crea en la impresionante Plaza del Obradoiro ante la magna entrada a la Catedral en la columna central del Pórtico de la Gloria. En su parteluz, el tiempo y la piedad han labrado cinco hoyos. El peregrino pone en ellos sus dedos y pide tres íntimos deseos. La superstición o la credulidad les llevan también a dar tres cabezadas contra la estatua en la que se inmortalizó el maestro Mateo, autor de la gran arquitectura románica. Dicen que los cabezazos despejan la inteligencia y mejoran el entendimiento. En su interior, en una urna de plata están los que se consideran restos del Santo Apóstol.

La Leyenda quedó reflejada desde los Cantares de Gesta hasta la Literatura de nuestros días. Su grandeza reside en su persistente actualidad, donde creyentes y no creyentes participan de unas necesidades, para unos espirituales, para otros inminentemente culturales.

Después de Roma, Santiago. Su iglesia ha tenido privilegios excepcionales, desde el nombramiento de cardenales hasta el de celebrar cada siete años un Año Santo de jubileo internacional. Soberanos de todo el mundo han acudido al jubileo. Prelados de otras iglesias, monjes de otras confesiones, sabios y grandes santos fundadores, como Francisco de Asís y Domingo de Guzmán.

La leyenda de Compostela está en su segundo milenio.

domingo 19 de agosto de 2007

LOS HIDALGOS

El diccionario de la Real Academia de la Lengua los define como personas de ánimo generoso y noble. También a los que por su sangre son de una clase noble y distinguida.

Desde el Siglo XIII, la antigua nobleza castellano-aragonesa reconocía como tales a quienes siendo de noble linaje no consiguieron fortuna, Correspondía pues, a los que se quedaron cerca de la pobreza, y ésta fue la que marcó su destino. Por tal motivo fueron considerados como hijodalgos, equivalente a hijos de bien, como único atributo y efímera distinción. A la par, en los núcleos urbanos, esta baja nobleza integró a los caballeros, mientras que en la zona rural se les otorgaba el tratamiento de hidalgos.

La hidalguía era consideración adquirida por herencia familiar, aunque también fuera merced de los reyes su otorgamiento. Y lo fue con tanta prodigalidad, que obligó, principalmente a los Reyes Católicos revocar privilegios que Enrique II, "el de las mercedes", el primero de los Trastámara, había concedido cien años atrás de forma poco clara. Otros reyes, también tuvieron que tomar la misma decisión, al haberse concedido sin justa causa tratamientos de nuevos hidalgos. Se otorgaron un gran número de hidalguías en los años de luchas por tierras de Flandes y de Nápoles, en agradecimiento a los servicios prestados a la Corona, la única forma de medrar en la vida.

Los hidalgos tuvieron muchos privilegios, como el de no trabajar, a pesar de la situación de penuria que padecían, que era lo más frecuente. Su condición hereditaria les facultaba para no ir a la guerra, aunque en ocasiones lo hicieran. No era el caso de los que lo habían obtenido por meritos de lucha, pues ese había sido, principalmente, el motivo de participar en ellas. Los hidalgos obtenían la exención de impuestos y por las deudas contraídas podían perder su patrimonio, siempre escaso, a excepción de sus armas o de sus caballos. Tenían el derecho de cárcel aparte, o de favor, por el incumplimiento de las leyes penales regidas en cada momento.

En el reinado del Austria, Carlos I, ante la conveniencia de dotar a la nobleza de las mayores jerarquías, se creo la superior de “grande de España”, cuya mayoría eran duques. Y junto a marqueses, condes y los vizcondes de Aragón, formaban la alta nobleza. Sus patrimonios lo constituían los señoríos, las tierras y las rentas que habían generado. La baja nobleza, por su escasez de medios, quedaba entonces para los caballeros o hidalgos, según fueran de zona urbana o rural, respectivamente. Donde más hidalgos existieron lo fueron en Extremadura y en los Señoríos de Vizcaya y Guipúzcoa. Esto explica que más del noventa por ciento de los conquistadores por las lejanas Indias, fueran naturales de estas tierras castellanas, necesitados como estaban de enriquecerse.

Para buscar fortuna en las Indias sólo se autorizaba cruzar el océano, en nombre propio, a los que les correspondía la condición de hidalgos. Quienes no tenían esta distinción, debían enrolarse a las órdenes de quienes sí la tuvieran. Sin embargo, esta autorización de conquista, sólo se otorgaba a los hidalgos de Castilla, pero sin menoscabo hacia los existentes en los otros reinos de las Españas. Para estos, se firmaba el decreto “del día siguiente” que les facultaba a sumarse a la autorización del día anterior: la adjudicada al hidalgo castellano y en las mismas condiciones que a éste.

En siglo XVII, el de la decadencia, en una España no productiva, fueron los hidalgos los principales personajes que se paseaban por las luces y sombras de los pueblos y de las ciudades, aunque más lo hacían en las horas de la oscuridad, gozando de una vida contemplativa pero con sus bolsillos vacíos. Abundaba en ellos la penuria, dedicándose a duelos y quebrantos, así como a cualquier encargo de regular paga, pues si ésta era buena, se atribuía a jornada de gran fortuna. Unas veces, retaban a otros por encomienda recibida de quienes eran de superior linaje, previo pago de unas monedas de plata u oro. Y en otras, los más gallardos, cruzaban espada para salvar su honor: el único activo que les quedaba.

Los hidalgos fueron fuente de inspiración para los grandes genios literarios del Siglo de Oro Español, destacando el más famoso de ellos, Don Quijote, quien sobre la flácida grupa de Rocinante aún sigue cabalgando a través de los siglos por toda la faz de la tierra, si no desfaciendo entuertos, sí al menos simbolizando el mejor ejemplo de la miseria que existió a lo largo de aquel siglo decadente.

A mediados del siglo XVIII, los Borbones, con el fin, si no de eliminarlos, sí al menos de reducirlos, revisaron los títulos de los hidalgos. Ello fue debido a que su distinguida condición les impedía trabajar, siendo interés de la Corona que España dejara de ser una nación de gente improductiva, necesitada como estaba, de brazos emprendedores. También consiguieron eliminar muchos de sus privilegios, pues dejaban de tener sentido, facilitado en gran manera por las reformas administrativas llevado a cabo en el último tercio del siglo. Consiguieron reducir su número, incluso algunos de ellos, deseosos como estaban de optar a servicios que intuían lucrativos por el influjo del Siglo de las Luces en los campos de las artes y de las ciencias, especialmente, se fueron incorporando al mundo del trabajo. Gracias sobre todo, a las instauradas Sociedades de Amigos del País, creadas para dar a la vida económica española el impulso que necesitaba. Buenos deseos que desgraciadamente quedaron en un vano intento, pero sembraron una semilla que muy lentamente fue dando sus frutos.

Carlos III trató de favorecer a las clases trabajadoras, creando obstáculos a los hidalgos que deseaban seguir gozando de una vida contemplativa a pesar de la miseria que de siempre les había rodeado.

La picaresca dejaba de ser emblemática en el siglo de la Ilustración; y con el final del Antiguo Régimen desapareció la holganza, fielmente interpretada en una de la más pintoresca página de nuestra historia; al menos, con el raído disfraz del bizarro hidalgo español.



Y la Real Academia de la Lengua dice de ellos:

Hidalgo de bragueta. m. Padre que, por haber tenido en legítimo matrimonio siete hijos varones consecutivos, adquiría el derecho de hidalguía.

Hidalgo de cuatro costados. m. Aquel cuyos abuelos paternos y maternos son hidalgos.

Hidalgo de devengar quinientos sueldos. m. El que por los antiguos fueros de Castilla tenía derecho a cobrar 500 sueldos en satisfacción de las injurias que se le hacían.

Hidalgo de ejecutoria. m. El que ha litigado su hidalguía y probado ser hidalgo de sangre. Se denomina así a diferencia del hidalgo de privilegio.

Hidalgo de gotera. m. El que únicamente en un pueblo gozaba de los privilegios de su hidalguía, de tal manera que los perdía al mudar su domicilio.

Hidalgo de privilegio. m. El que lo es por compra o merced real.

Hidalgo de sangre. m. y f. La persona que por su sangre es de una clase noble.

Hidalgo de solar conocido. m. El que tiene casa solariega o desciende de una familia que la ha tenido o la tiene.

martes 17 de julio de 2007

NUESTRA ESPAÑA

Y a través de los tiempos, surgió España. Con sus luchas, con sus victorias y con sus derrotas. Con sus gestas, con sus leyendas, siempre tan necesarias. Aunque de aquellos hombres no quedaron todos, porque muchos tuvieron que huir de la intolerancia a destinos lejanos, donde labraban lamentos de añoranza por una España abandonada de la que también se sentían parte.

De la monarquía visigótica, donde se hizo posible la fecundación de “nuestra España”, huyeron cristianos del Andalus buscando refugio en territorios rescatados. Después, judíos expulsados de su Sefarde se alojaban allende los Pirineos. Moriscos más tarde, obligados al destierro, despoblaban Aragón y Valencia, empobreciéndolas. Eran limpiezas de sangre.

Los mismos caminos siguieron años más tarde los afrancesados, empujados a marcharse, tachados de falta de patriotismo por la ignorancia de un pueblo que no quería dejar de serlo. Los liberales, temerosos de la furia de “cien mil hijos de san luís”, huían de los absolutistas. Igualmente los Jesuitas eran arrojados por desamortizaciones u odios anticlericales. Y los seguidores del carlismo veían rotas sus ilusiones por los que se llamaban liberales, debido a una lucha sucesoria que duró demasiado tiempo y nos empobreció a todos, más si cabe.

Las derrotas de todos ellos significaban siempre el triunfo de la ortodoxia. Otras, correspondían al defender un pensamiento laico e ilustrado desarrollado en Europa y que sucumbía una y otra vez en una España adelantada a la Reforma por la gestión del Cardenal Cisneros. Un Luís Vives, ausente de su tierra, añoraba su lugar de nacimiento en el que penaban sus familiares.

Sin duda, fueron demasiados los hijos de su patria, los que tuvieron que elegir la luz del exilio desde su cuna querida, envuelta en cortinas adornadas de sombras.
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A nuestro gran imperio de dos siglos de esplendor, años en los que en España no se ponía el Sol y en cuyos territorios no se conoció caso de rebelión porque todos aquellos héroes, o aventureros, nacidos en cualquier punto de nuestra piel de toro fueron leales a su causa, le siguió otro siglo que terminó en decadencia. En éste, en el XVII, se produjeron enfrentamientos en tierras catalanas debido a la desconfianza del pueblo hacia sus políticos, sin cuestionar su condición española. Terminó el siglo con un sentimiento español integro, significando para el pueblo catalán, especialmente, el inicio de un arranque hacia una economía futura muy próspera, como se vio a finales del siguiente periodo. Las leales provincias vascongadas, que tanto habían contribuido a descubrimientos, a gestas y a conquistas universales, igualmente siguieron atesorando su carácter español de siempre.

El siglo XVIII había comenzado con una guerra sucesoria que vecinos expectantes convirtieron en internacional. Su final, significó la recuperación económica, donde las reformas administrativas y la Ilustración, contribuyeron a un siglo de esperanza, cuyas semillas no fueron del todo aprovechadas. “La Centralización es la Civilización”, decían los ilustrados, y toda Europa se lanzó a tal empeño.

El siglo XIX fue el de las guerras. Conseguida la “Independencia” gracias a la heroicidad del pueblo español entero, los liberales tuvieron su Trienio machacado; se perdieron las colonias americanas; los carlistas e isabelinos, por tres veces combatieron. Fue un siglo de desamortizaciones que no sirvieron para lo que se anunciaron: fueron la riqueza para unos pocos –nacieron los latifundios- y el hambre para muchos. Finalmente, un Sexenio Revolucionario con sus guerras cantonales, terminaron en una Restauración borbónica gratamente aceptada por el pueblo. Y finalmente, la pérdida definitiva del último rescoldo en ultramar.

Sin duda alguna, fue este siglo el más apasionante; y por lo sangriento, el más miserable. Hoy en día muchas de estas y aquellas vicisitudes son manipuladas desde la mentira y el engaño por contadores de cuentos y soflamas nacionalistas carentes de todo rigor.

Y pese a ello, como un cuerpo sin brazos que deseaba llegar a todas partes, fue posible un sentimiento iniciado y labrado con sangre dieciocho siglos atrás. Si la aceptación popular no fue suficiente, los notarios de la cultura así lo testificaron.

Muy atrás había quedado el Siglo de Oro español, cuyos hijos nos han ilustrado a todos. Y de cuya semilla, tres generaciones de personajes doctos no dudaron de la autenticidad de una España que nos enriquecía a todos. En el papel dejaron escrito historias, hábitos y denuncias de patriotas que habían aportado, desde la ilusión y la duda, desde el orgullo y el servilismo, desde el interés y el hambre, desde la religiosidad y la ignorancia, su acto de presencia. Aquellos genios literarios dejaron impreso en prosa y en verso, el sentimiento de una obra auténtica.

Ni la generaciones del 68 y 98, ni la del 27, cuestionaron o pusieron en duda la existencia de un pueblo ya viejo, librador de gestas y desgracias, convertidas en gérmenes embrionarios de su integridad.

Primero los Bécquer, Pérez Galdós, Juan Valera, José Maria de Pereda, Pedro Antonio de Alarcón, Emilia Pardo Bazán, Armando Palacio Valdés como los más representativos, nos hablaron del individuo y de su entorno social.Después, ni Giner de los Rios, ni Ganivet, ni Unamuno, ni Ramiro de Maeztu, ni Azorín, ni un joven Ortega y Gasset, ni Machado, ni Pio Baroja, ni Valle-Inclan, ni Blasco Ibáñez, ni Gabriel Miro, ni Joan Maragall, ni otros, cuestionaron a España. Todos ellos, en su heterodoxia, nos hablan de errores, aciertos y enfrentamientos durante aquel largo camino.

Y en la generación del 27, estaban los Jorge Salinas, Pedro Guillen, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Luís Cernuda, Emilio Prado, Altolaguirre, entre otros. También buscaban hueco Luís Buñuel y Salvador Dalí. Así como unos buscaban el encuentro entre la vanguardia de lo nuevo y los clásicos españoles, otros mostraban su preocupación por los acontecimientos sucedidos y trataban de ilusionar al pueblo español. Muchos de ellos, otra vez, fueron los protagonistas de un nuevo exilio.

Estas generaciones de ilustres, nacidas mayoritariamente en la periferia peninsular, no denunciaban opresión ni sometimiento alguno, porque nunca jamás había existido. No correspondían todos ellos, ni mucho menos, a un movimiento literario centralista para encumbrar hazañas imperiales. Nunca más lejos de esto. Narraban en sus novelas, ensayos y poemas, con la mejor y más noble intención, la grandeza y la miseria habidas. Unos melancólicos y otros ilusionados, testimoniaban para la posterioridad, como notarios de lo que conocían, la existencia de una vieja nación.

Todas estas generaciones de insignes quedaban muy lejos de lo que después de una “guerra civil anunciada”, sería, sobre todo en los libros de texto y propaganda oficial, una tergiversación del sentimiento español. En la “Formación del Espíritu Nacional” nos hablaban de “una unidad de destino en lo universal”, cuyo significado nadie sabía explicar. Se mostró, desde el poder, una nación en la que el palio y el altar eran consustanciales con el ser español. El “ser español es lo más importante que se puede ser en el mundo”, nos decían. Estas y otras leyendas, castraban las mentes de una juventud que escuchaba una sola ilusión manipulada.
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El mismo pecado se cometió después de la transición democrática. Desde el engaño en la gestación de unas “Comunidades históricas”, y desde el poder hacía el pueblo, y no a instancias de éste, en muchos centros tan sectarios como interesados -colegios, institutos, universidades- se instauró un sentimiento nacionalista no demandado, desde la base dogmática de ocultar a la juventud la realidad de nuestra historia, al tiempo que amputaban su intelectualidad. Todo ello ideado por los arribistas y para su beneficio; alimentando constantemente el enfrentamiento entre aquellos cuyos antecesores habían contribuido desde hacia dos mil años a la formación de la vieja nación, culta en historias, tanto interiores como periféricas, que es “nuestra España”.

Nuestra nación, una de las más antiguas de lo que en su tiempo se llamó la Cristiandad, y después pasó a ser Europa, cuyos orígenes cristianos también se quieren silenciar.